domingo, 7 de marzo de 2010

El Tiempo


El tiempo nos hace alcanzar lo inalcanzable.

Nos defiende de los amores más tormentosos.
Cura las heridas.
Nos da excusas para alejarnos.

Nos pone en el lugares que nos corresponde.
Nos divide, nos une.
Al igual que el amor, crea enemigos antinaturales.

Nos convierte en padres de nuedtros padres.
En hijos de nuestros hijos.

Nos Acerca y nos aleja de comprender este puto mundo una y otra vez.
Nos enseña nuevos lugaresdonde ilumina el sol, y desde donde donde contemplar la luna.
Nos disuelve los miedos de siempre, nos crea nuevos.
Nos lleva una y otra vez inexplicablemente a los mismos lugares.
Nos muestra otros que no vimos nunca.


El tiempo es infinito.

Pero no olvida...
No olvida lo vivido.
Hay instantes inaferrables que nunca se borrán de nuestras mentes. Nos acariciarán y atormentarán el corazón hasta el fin de nuestros días...

sábado, 6 de marzo de 2010

El Cuervo




Una vez, al filo de una lúgubre media noche,
mientras débil y cansado, en tristes reflexiones embebido,
inclinado sobre un viejo y raro libro de olvidada ciencia,
cabeceando, casi dormido,
oyóse de súbito un leve golpe,
como si suavemente tocaran,
tocaran a la puerta de mi cuarto.
“Es —dije musitando— un visitante
tocando quedo a la puerta de mi cuarto.
Eso es todo, y nada más.”

¡Ah! aquel lúcido recuerdo
de un gélido diciembre;
espectros de brasas moribundas
reflejadas en el suelo;
angustia del deseo del nuevo día;
en vano encareciendo a mis libros
dieran tregua a mi dolor.
Dolor por la pérdida de Leonora, la única,
virgen radiante, Leonora por los ángeles llamada.
Aquí ya sin nombre, para siempre.

Y el crujir triste, vago, escalofriante
de la seda de las cortinas rojas
llenábame de fantásticos terrores
jamás antes sentidos. Y ahora aquí, en pie,
acallando el latido de mi corazón,
vuelvo a repetir:
“Es un visitante a la puerta de mi cuarto
queriendo entrar. Algún visitante
que a deshora a mi cuarto quiere entrar.
Eso es todo, y nada más.”

Ahora, mi ánimo cobraba bríos,
y ya sin titubeos:
“Señor —dije— o señora, en verdad vuestro perdón
imploro,
mas el caso es que, adormilado
cuando vinisteis a tocar quedamente,
tan quedo vinisteis a llamar,
a llamar a la puerta de mi cuarto,
que apenas pude creer que os oía.”
Y entonces abrí de par en par la puerta:
Oscuridad, y nada más.

Escrutando hondo en aquella negrura
permanecí largo rato, atónito, temeroso,
dudando, soñando sueños que ningún mortal
se haya atrevido jamás a soñar.
Mas en el silencio insondable la quietud callaba,
y la única palabra ahí proferida
era el balbuceo de un nombre: “¿Leonora?”
Lo pronuncié en un susurro, y el eco
lo devolvió en un murmullo: “¡Leonora!”
Apenas esto fue, y nada más.

Vuelto a mi cuarto, mi alma toda,
toda mi alma abrasándose dentro de mí,
no tardé en oír de nuevo tocar con mayor fuerza.
“Ciertamente —me dije—, ciertamente
algo sucede en la reja de mi ventana.
Dejad, pues, que vea lo que sucede allí,
y así penetrar pueda en el misterio.
Dejad que a mi corazón llegue un momento el silencio,
y así penetrar pueda en el misterio.”
¡Es el viento, y nada más!

De un golpe abrí la puerta,
y con suave batir de alas, entró
un majestuoso cuervo
de los santos días idos.
Sin asomos de reverencia,
ni un instante quedo;
y con aires de gran señor o de gran dama
fue a posarse en el busto de Palas,
sobre el dintel de mi puerta.
Posado, inmóvil, y nada más.

Entonces, este pájaro de ébano
cambió mis tristes fantasías en una sonrisa
con el grave y severo decoro
del aspecto de que se revestía.
“Aun con tu cresta cercenada y mocha —le dije—,
no serás un cobarde,
hórrido cuervo vetusto y amenazador.
Evadido de la ribera nocturna.
¡Dime cuál es tu nombre en la ribera de la Noche Plutónica!”
Y el Cuervo dijo: “Nunca más.”

Cuánto me asombró que pájaro tan desgarbado
pudiera hablar tan claramente;
aunque poco significaba su respuesta.
Poco pertinente era. Pues no podemos
sino concordar en que ningún ser humano
ha sido antes bendecido con la visión de un pájaro
posado sobre el dintel de su puerta,
pájaro o bestia, posado en el busto esculpido
de Palas en el dintel de su puerta
con semejante nombre: “Nunca más.”

Mas el Cuervo, posado solitario en el sereno busto.
las palabras pronunció, como virtiendo
su alma sólo en esas palabras.
Nada más dijo entonces;
no movió ni una pluma.
Y entonces yo me dije, apenas murmurando:
“Otros amigos se han ido antes;
mañana él también me dejará,
como me abandonaron mis esperanzas.”
Y entonces dijo el pájaro: “Nunca más.”

Sobrecogido al romper el silencio
tan idóneas palabras,
“sin duda —pensé—, sin duda lo que dice
es todo lo que sabe, su solo repertorio, aprendido
de un amo infortunado a quien desastre impío
persiguió, acosó sin dar tregua
hasta que su cantinela sólo tuvo un sentido,
hasta que las endechas de su esperanza
llevaron sólo esa carga melancólica
de ‘Nunca, nunca más’.”

Mas el Cuervo arrancó todavía
de mis tristes fantasías una sonrisa;
acerqué un mullido asiento
frente al pájaro, el busto y la puerta;
y entonces, hundiéndome en el terciopelo,
empecé a enlazar una fantasía con otra,
pensando en lo que este ominoso pájaro de antaño,
lo que este torvo, desgarbado, hórrido,
flaco y ominoso pájaro de antaño
quería decir granzando: “Nunca más.”

En esto cavilaba, sentado, sin pronunciar palabra,
frente al ave cuyos ojos, como-tizones encendidos,
quemaban hasta el fondo de mi pecho.
Esto y más, sentado, adivinaba,
con la cabeza reclinada
en el aterciopelado forro del cojín
acariciado por la luz de la lámpara;
en el forro de terciopelo violeta
acariciado por la luz de la lámpara
¡que ella no oprimiría, ¡ay!, nunca más!

Entonces me pareció que el aire
se tornaba más denso, perfumado
por invisible incensario mecido por serafines
cuyas pisadas tintineaban en el piso alfombrado.
“¡Miserable —dije—, tu Dios te ha concedido,
por estos ángeles te ha otorgado una tregua,
tregua de nepente de tus recuerdos de Leonora!
¡Apura, oh, apura este dulce nepente
y olvida a tu ausente Leonora!”
Y el Cuervo dijo: “Nunca más.”

“¡Profeta!” —exclamé—, ¡cosa diabolica!
¡Profeta, sí, seas pájaro o demonio
enviado por el Tentador, o arrojado
por la tempestad a este refugio desolado e impávido,
a esta desértica tierra encantada,
a este hogar hechizado por el horror!
Profeta, dime, en verdad te lo imploro,
¿hay, dime, hay bálsamo en Galaad?
¡Dime, dime, te imploro!”
Y el cuervo dijo: “Nunca más.”

“¡Profeta! —exclamé—, ¡cosa diabólica!
¡Profeta, sí, seas pájaro o demonio!
¡Por ese cielo que se curva sobre nuestras cabezas,
ese Dios que adoramos tú y yo,
dile a esta alma abrumada de penas si en el remoto Edén
tendrá en sus brazos a una santa doncella
llamada por los ángeles Leonora,
tendrá en sus brazos a una rara y radiante virgen
llamada por los ángeles Leonora!”
Y el cuervo dijo: “Nunca más.”

“¡Sea esa palabra nuestra señal de partida
pájaro o espíritu maligno! —le grité presuntuoso.
¡Vuelve a la tempestad, a la ribera de la Noche Plutónica.
No dejes pluma negra alguna, prenda de la mentira
que profirió tu espíritu!
Deja mi soledad intacta.
Abandona el busto del dintel de mi puerta.
Aparta tu pico de mi corazón
y tu figura del dintel de mi puerta.
Y el Cuervo dijo: “Nunca más.”

Y el Cuervo nunca emprendió el vuelo.
Aún sigue posado, aún sigue posado
en el pálido busto de Palas.
en el dintel de la puerta de mi cuarto.
Y sus ojos tienen la apariencia
de los de un demonio que está soñando.
Y la luz de la lámpara que sobre él se derrama
tiende en el suelo su sombra. Y mi alma,
del fondo de esa sombra que flota sobre el suelo,
no podrá liberarse. ¡Nunca más!

viernes, 5 de marzo de 2010

La princesa de la arena


Los sueños... a veces son sueños, y otras algo más. Recuerdo una playa, solitaria. El cielo está encapotado. No tengo raíces, ni alas. Camino por la arena. Todo es desconocido, pero es como si estuviera en casa. No me extraño de estar allí, en la arena, viendo el suave batir de las olas. Me siento en unas rocas, nunca me gustó la arena. Y entonces ella me mira, y por primera vez yo la miro a ella. ¿Desde cuándo está ahí? Tiene unos ojos preciosos, y una semisonrisa en su infantil rostro. Lleva un vestidito, con un cubo amarillo de plástico en una mano, y una palita roja en la otra. Lleva un pequeño gorrito puesto, ocultando parte de su pelo claro. Me mira con la inocencia propia de su edad, aunque nada sorprendida y sí muy extrañada. Mira a las nubes, como pidiéndoles que liberen al sol, para hacer brillar los rizos que ondean al viento. Es enternecedora, pero algo me inquieta, y no sé lo que es. Entonces ella habla, con voz clara y segura. Parece que sabe dónde está, y qué hace allí. Habla más segura de lo que yo puedo contestarle. Yo no sé dónde estoy, ni lo que hago allí. Y tengo miedo por ella. La playa me parece muy solitaria, y siento pena, porque parece llevar mucho tiempo allí. Su dulce voz resuena entre el viento, mecida por una brisa marina que me trae lejanos recuerdos. Parecen recuerdos de otra vida, largo tiempo olvidados, pero sé que no son tan lejanos. Quizás hayan sido alejados voluntariamente, quizás no. No soy capaz de recordarlo. Así habló ella, así respondí yo:
— Hola — acompañó con su voz el par de hermosos cristales marrones que me observaban.
— Hola — contesté con una escueta sonrisa, enternecido.
— ¿Qué haces aquí? — preguntó sin pausa alguna.
— No lo sé, acabo de llegar — entonces observo dónde estoy. Sigo sentado en unas rocas, a medio metro de altura de una niña que me pregunta. Ha dejado el cubo en la arena. Tiene agua de mar, con blanca espuma. La pala sigue en su mano, como el cetro de una princesa, igual de majestuosa estampa: Princesa de un reino de arena. Es su playa, ahora lo comprendo. Aún así, no puedo evitar la pregunta: «¿Qué haces tú aquí?». Ella se limita a sonreír.
— No deberías de estar aquí — dice ella mientras sigue sonriendo, y juguetea distraídamente con la pala un momento.
— ¿Quién eres? — no puedo contener más esa pregunta.
— Tú — dice al fin, tras mirarme fíjamente unos segundos, expectante.
— Tienes razón, no te he dicho quién soy, perdona — por un momento, durante un instante, pensé que ella me conocía desde hace mucho tiempo. Le digo mi nombre, como si a una princesa de la arena le pudiera importar — ¿Y tú? ¿Quién eres?
— Tú — y sonríe una vez más, como sólo saben hacer los niños cuando juegan. Y yo pienso que está jugando, y que también soy un niño. Y sonrío.
— ¿Y qué playa es ésta?
— Esta playa es tu playa — contesta nuevamente, con una mirada limpia, con la voz de un niño, de aquél que no conoce la mentira.
— ¿Mi playa? — sonrío, como hacen los adultos necios que subestiman la sabiduría de los niños. Como aquellos que creen que la razón está por encima de la imaginación. Como aquellos que creen que conocen más de lo que conoce la princesa de la arena. De esa forma, así sonreí yo.
— ¿Ves esta orilla? Cada grano de arena de esta playa, cada grano de arena es una palabra de bondad que murió en tus labios. ¿Ves este mar? Cada ola que rompe en esta playa, cada ola es una palabra de amor que murió en tu corazón. ¿Ves esta brisa? Cada hebra de viento que acaricia esta playa, cada hebra es una palabra de perdón que murió en tu interior. ¿Ves este cielo? Cada nube que tapa al sol, cada nube es una muestra de indecisión que de ti se apoderó. Como puedes ver, toda la playa es tuya, tal y como te dije.

Y sé que tiene razón. Y reconozco cada grano de arena, cada ola que rompe, cada hebra de viento y cada nube en el cielo. Y sé que yo hice todo, y me entristece ver una playa tan grande, un mar tan profundo, una brisa tan constante y un cielo tan encapotado. Y me entristezco, por la princesa de la arena, porque pienso que yo creé este reino, y alguien la erigió princesa. Princesa de un mundo de irrealidad, en el que ella está atrapada, aunque sonría con la brisa bajo un cielo encapotado.
— ¿Y quién eres entonces, en realidad? — no puedo evitar preguntarle una vez más.
— Yo soy tú. La parte de ti que quiso decir estos granos de arena. La parte de ti que quiso gritar estas olas. La parte que quiso pedir este viento y que quiso que las nubes fueran solo pasajeras. Ahora, ahora las cuido yo a ellas, esperando que vuelvas a necesitarlas. Yo las he guardado aquí, en tu playa, para que no sean olvidadas. Mientras haga falta, yo seré la princesa de tu playa. Cuando no haya playa, ya no haré más falta aquí.
— ¿Y dónde irás entonces? — le pregunté con algo de temor por ella.
— Cuando no haya playa, yo estaré junto a ti.