viernes, 12 de marzo de 2010

Segururidad


¿Cómo es que un hombre puede dar seguridad a una mujer? – Me preguntaste

- Nadie puede dar lo que no posee – Te contesté en un alarde de ironía.

Y me quedó dando vueltas tu pregunta, espiralando inquieta en los pasajes más ocultos de mi ser; de entraña a pensamiento, del aire a la raíz.

Si, en definitiva es lo que todos queremos: que exista alguien en algún recóndito lugar de tiempo y espacio, sin importar demasiado quien sea . que por fin se haga cargo de nuestra tarea más compleja: brindarnos un poco de seguridad en algo.

No interesa si es verdad o una verdadera falacia. Lo que sí es obviamente “seguro” que reclamaremos enardecidamente por las carencias a la que nos veamos sometidos si esa persona, cosa o lo que fuere no nos asegurara la placentera displicencia de lo comprado hecho.

Seguridad soluble e instantánea. Usted la vierte en un recipiente cualquiera, le agrega una gran porción de ingenuidad y se la apura a grandes sorbos. Puede venir en envases diversos, diferentes formas y tamaños, distintos precios, siempre altísimos, aunque nunca tanto como arremangarse ante nuestras propias miserias cotidianas.

Es así que vivimos comprando efímeras seguridades, marketineadas hasta lo indecible, disfrazadas de amor, felicidad, prosperidad, compañía. Pendientes del elogio, para alimentar nuestro pequeño ego vapuleado, para tratar de sabernos queridos desde afuera, para sentirnos menos solos que con nosotros mismos.

Entonces, ¿Para qué detenerse a buscar la punta del ovillo, en esta enmarañada madeja que es la vida? Si con tanta gente yendo y viniendo por todas partes es probable que alguien se ocupe de nuestras carencias, de nuestras necesidades y penurias, de nuestras histerias y por que no, de nuestras odiosas inseguridades…….

Es entonces amigo que reafirmo y redefino la idea, lejos ya del sarcasmo y producto de esta humilde reflexión:

“Nadie puede dar lo que no posee, ni tampoco reclamar a otro por aquello que es incapaz de construir por si mismo”

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